En un pueblo que se llamaba
Visavis los domingos de otoño se
teñían de un sol tierno. En esos días se acercaban para morir las
promesas truncadas, el anhelo auténtico y los arrumacos entorpecidos por la
impaciencia. Tras la iglesia, se extendía el cementerio repleto de lápidas
anónimas, tumbas sin reproches y mausoleos sostenidos por sueños. Las casas
huecas, ocupadas por catres sudosos y perchas cojas, estaban custodiadas por
los ojos fisgones de celadores faltos de amor verdadero. Ocasionalmente, el
llanto de una criatura recorría las calles cómo savia dulce y era entonces
cuando el lugar desaparecía de los mapas.
