Intentaba con torpeza
sacudirse los terrones del arrugado traje. Balbuceaba frases sin sentido y pedía un abogado para solucionar un
tema jurídico. Quería cambiar su testamento. Su propio vástago lo había
enterrado a las afueras del caserío con un carámbano clavado en la yugular.
Nunca encontraron el arma homicida. De su bolsillo colgaba una pequeña brújula
tan perdida como él. Intenté tranquilizarle arropándolo con mis alas,
pidiéndole que no mirara hacia abajo. La mayoría sufre de vértigo cuando los
recojo.
